Somos seres cósmicos de naturaleza espiritual donde el cantar del rocío en el amanecer es igual al sonido titilante de un lucero en una galaxia X. Como el trinar de un pájaro, cuando acompaña el ruido de una cascada espumosa, al igual que un árbol desprende una hoja, y esta abre sus ojos para ver donde nacerá después.
Así hasta el amor mítico simbolizado da una nueva vida. La sombra busca la luz; en la concentración busca el silencio interior, esta crea el ambiente y el alma toma su vuelo.
En estas obras, las texturas y las manchas de ese colorido explosivo, hacen el camino para encontrar el mensaje sublimado y a la vez resaltar primeros planos de este; partes reales surrealistas que con sus sombras, expulsan los fantasmas, los monstruos de los temores, las fantasías, las pasiones, los sueños y esos mundos creados que habitan en nuestro interior, pues sí existen otros mundos pero todos están aquí mismo.
Carlos Humberto Murillo, pinta con mirada clara desde la cuna. Le enseñó el color la Naturaleza y de ella hizo una escuela. De su tierra sacó ocres, mezcló con lluvia y sombras el rojo y verde, sobre amarillo envolvió fantasmas, búhos y sirenas y se volvió un “romántico de la figura”.
Desde 1987 tomó del brazo a sus figuras y las paseó por salas de arte, por centros de la cultura y en Universidades y halls de museos y bibliotecas, ojos y vientres han disfrutado sus pinceladas.
Carlos Murillo ha dialogado desde siempre con el difícil arte de la pintura. Con él creció, de él bebió y con él ha ganado su ser humano. Como dijera Emily Dickinson “no necesitó viajar para captar el mar ni el monte, ni el sol, ni la noche, porque todo está en los corredores de su alma y sólo necesita salir a la ventana a recoger el alimento para su mano”.
De año en año ha ido encuadernando un diccionario de líneas y de colores, de imágenes y ensoñaciones. Su pintura es translúcida, íntima, callada, sin estridencia. Invita al silencio y la reflexión. Su taller está lleno de cuadros, marcos, esquinas, caras, espaldas, senos, libros. Su obra es un remanso humanista y su modelo canta, llora y duerme. Es un intérprete del ser humano, de sus sueños, risa, sexo y de la magia que lo envuelve.
Los innumerables óleos del maestro Carlos Murillo han adornado portadas de libros y revistas, cuelgan en paredes como joyas en vidriera y han viajado como no lo ha hecho su propio autor. Cada obra es un trozo de su cuerpo, parte de su vida y testimonio del respeto que siente por la creación que realiza. Domina el lienzo con su mano como enamorado de su mujer, para convertirlo en obra de arte para engalanar el mundo.
Carlos Murillo sabe que detenerse frente a la tela en blanco junto a la gama de colores y al pincel con que tiñe las superficies, está engendrando un hijo que hablará por siempre de su padre. Ahí está su cuño, su pensamiento, con su firma. Nace brillante, oscuro, rodeado de bruma, entre espuma de mar o en medio de un jardín de lilas, coronado de espinas o laureles y así llegará hasta la tumba.
Entrar a una exposición de la obra de Murillo es gozar como Silva de música de alas, de cantos de sinsontes o asistir a un aquelarre de brujas y hechiceros. Así es su pintura. Una ventana para mirar, fabular, meterse por entre el color y la línea indefinida hasta donde la imaginación te lleve.

“Somos seres cósmicos de naturaleza espiritual donde el cantar del rocío en el amanecer es igual al sonido titilante de un lucero en una galaxia X. Como el trinar de un pájaro, cuando acompaña el ruido de una cascada espumosa, al igual que un árbol desprende una hoja, y esta abre sus ojos para ver donde nacerá después”.
Estas son las palabras de uno de los artistas más talentosos del Valle del Cauca que ha logrado plasmar de alguna forma, ese realismo mágico colombiano lleno de tonos y texturas, tal como lo percibiría el premio Nobel de literatura Gabriel García Márquez. Carlos lo abarca todo y lo dice todo sobre el color latinoamericano, tan cálido como los atardeceres, tan violento y ardiente como el corazón mismo de Latinoamérica. Sus cuadros son eso, una expresión magistral del sentimiento de muchas etnias que se han confundido heterogéneas en un solo drama, en una sola pasión que mueve las entrañas de los que hemos crecido y amado nuestra querida Colombia. Lo inexpresable se hace posible a través del surrealismo fantástico y a la vez serio y armónico logrado por el pincel de Carlos Murillo. Sin dejar de ser arrogante, la armonía del color se confunde con las escalas delicadas de las delicias de la tierra colombiana. Somos precisamente sangre tierra, naturaleza y pasión. Pudiera decirse que Carlos Murillo ha traspasado la barrera del surrealismo para convertirse en una expresión excepcionalmente cuántica de los sentidos a través de la pintura.
Podemos apreciar en las obras pictóricas de Carlos Murillo, un figurativismo mágico a través de rostros que aparecen y desaparecen en un fondo colmado de naturaleza y color. Con destreza técnica se sumerge en un surrealismo ensoñador donde lo tangible se convierte en intangible, sin límite entre la representación de lo real y lo no real, permitiéndonos poder descubrir e interpretar los significados de los diversos elementos visuales que encontramos en su obra